«Para ello nos hace falta, sí, vivificarnos con la fe y con la pasión. Y, precisamente, no con esa pasión tumultuosa y desordenada, sino con esa pasión que define Ebbinghaus como “emoción hecha permanencia”, emoción disciplinada.»
(Fernández del Riego, Francisco (2023))
Todo comienza con la elevación de la temperatura en el medio ambiente. Un aire denso y sofocante castiga paulatinamente la superficie de una masa fluida que parece estar adormecida. No obstante, esta no responde de manera indiferente ante dicha agresión del entorno. A medida que el bochorno aprieta, las partículas comienzan a alborotarse. Primero se observa nada más que un leve temblor. Sin embargo, termina siendo una colisión caótica entre las moléculas, que da lugar a la rotura de los puentes de hidrógeno que las unían. Las moléculas, libres, son ahora proyectiles independientes, y salen de forma autónoma disparadas en todas direcciones. El fluido ya no quiere ser fluido, rompe su propio estado, buscando ser masa libre, masa gaseosa. En la cúspide de calor, la materia se convierte en un vapor blanco que se eleva con violencia. No obstante, ese momento puede derivar en diferentes resultados.
Si esa explosión de vapor ocurre a cielo abierto, carente de un recipiente, sin paredes ni techo, el resultado es una pirotecnia inútil. El gas se expande hacia ninguna parte, adorna el paisaje durante escasos segundos con una nube efímera y, acto seguido, se disipa en la atmósfera. El calor se pierde. La rabia de las moléculas se diluye. Todo permanece igual, la temperatura baja de nuevo y la masa fluida se ha consumido sin mover un solo milímetro del suelo.
Sin embargo, el resultado es diferente cuando se cuenta con la presencia de una estructura previamente pensada y diseñada con el fin de conducir todo el vapor de agua. La energía ya no se dispersa en la nada, sino que conoce y sigue una dirección específica. Cuando el gas es obligado a chocar contra un pistón, la rabia de las moléculas se transforma en presión y la presión en fuerza. La energía ya no se diluye, es capaz de mover toneladas de acero y de desplazar el mundo.
Son múltiples las razones que tiene la juventud hoy en día para sentir ese calor, esas ganas de agitarse, esa impotencia y sentimiento de querer arreglar las cosas por cuenta propia y rápida. Con todo, la quema de un contenedor, la vandalización de un muro o las marchas vacías no son más que abrir la válvula al exterior: hacen ruido, desde luego, pero dejan intactas las estructuras de poder. La violencia carente de reflexión simplemente retroalimenta el sistema ofreciéndose como vía de victimización o como desvío del foco político.
Cabe destacar también la importancia de la fe: no en forma de dogma, sino como convicción de que otro horizonte es posible. Sin fe, no hay proyecto que valga la pena diseñar y la indignación se relega a la desesperación nihilista.
La pausa, la reflexión, el pensamiento crítico, la teoría política y la organización no buscan ser discos de freno que detengan un sentimiento de rabia colectivo, sino que deben ser los medios de canalización de nuestra indignación. Son los cilindros de acero que necesitamos para no evaporarnos en el vacío.
Referencias:
Fernández del Riego, Francisco. (2023). Loitando pola Galicia que non foi, «Diálogos: Que debemos facer os mozos galegos?». Vigo: Editorial Galaxia (Biblioteca Fernández del Riego, nº 8, 1.ª ed.), pág. 197. ISBN: 978-84-1176-007-2.
Sobre el autor
Denis Fernández es un contribuyente de Cerna.
Estudia el doble grado bilingüe en Derecho y Administración y Dirección de Empresas (ADE) en la Universidad Carlos III de Madrid. En el ámbito del debate, fue distinguido en la categoría de Bachillerato como mejor orador en la fase previa del Parlamento Xove en la edición de 2025. Sus artículos nacen del interés por analizar la realidad socioeconómica y jurídica actual, con una mirada especialmente centrada en los retos, perspectivas y problemáticas que afronta la juventud de hoy en día.
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