La mañana era fría. El rocío todavía permanecía sobre las calles de Santiago, prendido a las piedras y a los cristales de los escaparates, mientras un cielo oscuro cubría la ciudad. Las calles seguían casi vacías mientras Brais caminaba con paso ligeramente rápido. Llevaba las manos metidas en los bolsillos del abrigo y los hombros algo encogidos, como si intentara protegerse de la humedad imperante. Mantenía la mirada baja y avanzaba sin detenerse.
Al llegar a un portal, sacudió los mocasines en el felpudo antes de empujar la puerta de cristal. En cuanto la cerró, sacó del bolso cruzado una carpeta de cartón, la abrió, comprobó que los papeles seguían allí y volvió a cerrarla. En la primera página aparecía impreso un nombre que llevaba semanas evitando pronunciar, pero que resonaba constantemente en su cabeza.
La sala de espera, de ambiente más cálido que el exterior, era pequeña y estaba casi a oscuras. La poca luz que entraba del exterior apenas conseguía alejar la penumbra de las paredes. Junto a la puerta del despacho había cuatro sillas en fila. Brais se sentó en una de ellas, dejó la carpeta entre las piernas y apoyó las manos sobre ella, manteniendo la mirada baja. Desde la calle llegaban, sin romper apenas el silencio de la sala, los sonidos de una ciudad que comenzaba a despertar. Brais cogió un periódico que estaba sobre una pequeña mesa junto a las sillas y pasó algunas páginas haciendo una lectura superficial. De repente, una puerta se abrió a su lado.
—¿El señor Varela?
Brais levantó la cabeza. El hombre que estaba en la puerta le hizo un pequeño gesto con la mano.
—Puede pasar.
El despacho era diferente de la sala de espera. Era más amplio y estaba iluminado por una luz amarilla que hacía que la madera oscura de la mesa pareciera todavía más antigua. Un gran escritorio ocupaba buena parte de la estancia. Sobre él, junto a varios documentos perfectamente ordenados, había una pequeña planta y una lámpara de sobremesa de color verde. En las paredes, varias estanterías altas, repletas de carpetas, libros y montones de documentos que se acumulaban unos junto a otros. Detrás de la mesa estaba el notario. Levantó la mirada cuando Brais entró y le señaló la silla que tenía delante.
—Adelante. Siéntese, por favor.
Brais se sentó, dejó la carpeta sobre la mesa y, por un momento, se quedó mirando el interior del despacho sin saber muy bien dónde posar la vista.
El notario abrió uno de los documentos que tenía delante.
—¿Brais Varela?
—Sí.
El notario abrió el primer documento y lo acercó hacia sí.
—Vamos a comenzar por los datos del fallecido.
Brais bajó la vista hacia la carpeta.
—Don Manuel Varela.
Brais no respondió, no hacía falta.
El hombre continuó leyendo con voz pausada, con esa seguridad de quien lleva años diciendo las mismas cosas. Las frases avanzaron una tras otra hasta que llegó a los bienes. Una vivienda. Una cuenta bancaria. Algunos ahorros. Brais escuchaba. Mientras el notario avanzaba, él recordaba aquella casa en la que pasó múltiples veranos de niño, la misma que figuraba en el papel, y por un instante llegó a recordar el olor que compartían su tío y aquellas paredes.
—También constan determinados bienes muebles y objetos de carácter personal. Un reloj, varios libros, algunos muebles.
Brais permanecía en silencio.
El notario explicó los últimos puntos del documento y, finalmente, dejó el bolígrafo sobre la mesa.
—Si está conforme, solo queda firmar aquí.
Brais cogió el bolígrafo. Miró la línea en blanco en la que debía aparecer su nombre y firmó. El notario volvió a coger los documentos, comprobó la firma y pasó la hoja.
—Ya está.
Brais acaba de heredar.
Hay palabras que, de tanto emplearlas, acabamos por simplificar. Heredar puede ser una de ellas.
En un documento pueden quedar registradas algunas de las cosas que recibimos. Una vivienda, unos ahorros, unos libros, un reloj. Pero hay otras que no dejan constancia de sí mismas.
Llegamos a un mundo donde ya había una lengua, unas tradiciones, unas formas de entender el mundo. Recibimos costumbres sin que nadie nos preguntase si queríamos recibirlas.
Nacemos como personajes de una historia ya comenzada, que adoptamos y continuamos.
Ampliamos así lo que entendemos por heredar. Ya que no siempre hace falta que alguien nos entregue algo para que pase a formar parte de nosotros, hay cosas que simplemente ya estaban aquí cuando llegamos. Una serie de costumbres, creencias y conocimientos, entre otras muchas cosas, que dan lugar a lo que conocemos como tradición.
La tradición muchas veces no necesita ser defendida para permanecer. Su paso de una generación a otra puede hacer que acabemos confundiendo su antigüedad con su razón de ser. A veces algo lleva tanto tiempo entre nosotros que ya no preguntamos por qué continúa; simplemente asumimos que, si ha llegado hasta aquí, algún motivo habrá.
Y quizá lo haya.
O quizá no.
Porque el tiempo no es arbitrario. Este se limita a pasar, y al pasar algunas cosas sobreviven mientras que otras son olvidadas.
Por eso, el hecho de que algo sea antiguo no parece razón suficiente como para conservarlo. Pero ¿es motivo para abandonarlo?
Aquí aparece la dificultad.
¿Qué le debemos a lo que hemos recibido?
Si algo ha llegado hasta nosotros durante siglos, ¿tenemos algún deber de transmitirlo? ¿Es necesario ser conscientes de la existencia de una responsabilidad en la continuidad? Porque, si cada generación decidiera empezar de cero, si eliminara todo aquello que no creó, no existiría una herencia cultural que entregar a la siguiente.
Sin embargo, también heredamos ideas «obsoletas» para el mundo actual, costumbres que perdieron un sentido que alguna vez tuvieron y formas de entender la sociedad que responden a circunstancias que ya no existen.
El pasado, por ser pasado, no se convierte automáticamente en norma del presente. Pero sería injusto que el presente se convirtiera automáticamente en juez del pasado.
No somos ni propietarios del pasado ni sus depositarios. Este llega hasta nosotros después de pasar por otras vidas, otras circunstancias y otras épocas, y nosotros lo recibimos así, sin hacer nada, y queda en nuestras manos.
Es aquí donde entra nuestra responsabilidad.
La de detenernos ante él, preguntarnos por qué existe, qué había en él que merece ser transmitido y qué ya no debería serlo.
Recibimos un mundo que no hemos hecho nosotros y lo dejamos para quienes llegarán.
Por eso, al recibirlo, tenemos que interpretarlo, adaptarlo y así entregarlo. Siendo conscientes de que este bucle se repetirá.
Esa es la responsabilidad de heredar: no decidir simplemente qué pasado queremos conservar, sino comprender que, al hacerlo, estamos decidiendo también qué pasado queremos entregar al futuro.
Sobre el autor
Denis Fernández es un contribuyente de Cerna.
Estudia el doble grado bilingüe en Derecho y Administración y Dirección de Empresas (ADE) en la Universidad Carlos III de Madrid. En el ámbito del debate, fue distinguido en la categoría de Bachillerato como mejor orador en la fase previa del Parlamento Xove en la edición de 2025. Sus artículos nacen del interés por analizar la realidad socioeconómica y jurídica actual, con una mirada especialmente centrada en los retos, perspectivas y problemáticas que afronta la juventud de hoy en día.
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