Con motivo del Año Oteriano iniciamos un viaje alrededor de la vida y la obra de uno de los personajes más egregios de la cultura gallega. Pero, ¿cómo fueron los comienzos del joven orensano? ¿Quién era Otero antes de NÓS? ¿Y qué inquietudes lo llevaron al galleguismo?
Calle del Prado, Madrid, 1906
Surge entre los rascacielos capitalinos la imagen tibia de un joven estudiante. Deambula por las calles con el ímpetu de quien huye sin saber de qué. Viste traje, camisa, reloj... Erguido y distintivo, victorhuguiano, lamartinesco, cumple todos los tópicos del romanticismo. Apura el paso, avivando las piernas y levantando su gabán. A lo lejos, ve a un grupo de compañeros de sus aulas de derecho, con sombreros y bastones, disfrazados de diputados. Llega a un edificio decimonónico, con pilastras en la fachada y un arquitrabe con las efigies de Cervantes, Alfonso X y Velázquez:
—Buenas tardes, señor —un grupo de jóvenes le interrumpe.
—¿Qué tal Aydillo? ¿Cómo van esos artículos? —le pregunta.
—Como siempre, hombre.
Entran juntos, con los torsos inclinados hacia delante, y se funden en una conversación sobre las guerras de Silesia. Nuestro compañero acertaba hasta con el detalle más nimio del conflicto. Aydillo se quedaba mudo. “Laureano, hoy no vengo a la biblioteca, venimos a la conferencia”, le dijo al bibliotecario orensano que pasaba por delante.
—Es curioso cómo en algunos tiempos la faz intelectual envejece a los jóvenes —le dice nuestro compañero al periodista.
—Nada sorprendente. El triunfo es cuestión de energía, o eso piensan muchos. La voluntad ha pasado de moda.
Andaba yo allá por el mes de mayo desgranando las lecturas de Otero, cuando surgía la idea de hacer una asociación de jóvenes con ganas de echar la cabeza a andar. Entonces me di cuenta de que debían ser más grandes los sueños que las ganas de trabajar. El inicio de los estudios universitarios supuso nuestra separación. Iniciados en el mundo del debate, ya no pudimos renunciar a nuestro grupo. Sin saber cómo, un nuevo proyecto iba tomando forma. Mis lecturas de la Xeración Nós me habían convencido de que en nuestros días también hacían falta grupos de amigos que hicieran de las humanidades el medio de un diálogo totalizador, que abriera conciencias y removiera a algún joven más.
Nuestro compañero había estado devorando los libros del Ateneo madrileño con sus aires pausados y solitarios. Amigo de las tertulias, los debates y las parrafadas intelectuales, se iba alejando de las publicaciones estudiantiles y las aulas para dedicarse de lleno a las lecturas. Quizás por eso renegaba de los empollones aburguesados, que perseguían las cátedras de derecho y habían hecho de la universidad un medio, poniendo límites al saber al separarlo de la vida:
El muchacho “empollón” no sufre dudas, ni crisis del espíritu, ni traza esquemas de poemas, ni lleva en los ojos el brillo pausado de las vigilias apasionadas, pues saliendo de la fortaleza familiar armado con todas las armas no pierde pie ni dejando el camino se aventura en el bosque inquietante. (Trad. Otero Pedrayo, Ramón: 2016).
Nosotros tampoco somos empollones, ni idealistas que se pongan a andar convencidos de ningún triunfo posible más grande que el de leer, hablar y escribir. Tres actividades cada día más banalizadas. Por eso, ante los grandes retos no caben acciones grandiosas. Quien no se vence en lo poco, tampoco se vence en las grandes luchas, ya sean individuales, sociales o colectivas... No buscamos cambiar el mundo, ni elucubrar grandes pensamientos, que todos ellos se hacen en lo concreto, en lo cotidiano, en la vida, en consonancia con todo lo que nos precede.
Uno de los rasgos más esenciales de la modernidad, el adanismo, irrumpe cada día con más ligereza. Por una parte, porque acompaña perfectamente todas las pseudofilosofías que nos prometen la libertad y la felicidad —el consumismo, las ideologías, el wokismo— acercándonos a un supuesto paraíso. Por otra parte, porque abrazan el narcisismo individualista que conduce al “empollonismo” que denunciaba Otero. Así, aún hoy todos esos roedores que circulan por las universidades haciéndose más y más a fuerza de títulos olvidan la aventura de adentrarse en el bosque del saber, dejando la Universidad a merced del mercado.
Y podemos hablar sin nombres, sin referirnos a nadie, con generalizaciones vagas, ensordecedoras, tristes... Por el contrario, hay veces que no es necesario dar nombres, quizás porque todos y cada uno podamos ser partícipes. Todos podemos andar por la vida, como quien va empujado por la multitud, dejándose guiar por la masa y sin hacerse capitán de su propio destino. Ahora bien, ¿estamos todos de acuerdo en que somos más libres que nunca? ¿En que el sistema arcádico en el que vivimos no presenta ninguna de las ingratas manifestaciones de la humanidad que se dieron en el pasado? En verdad, ¿quedaron atrás los credos bárbaros, deshumanizantes, el respeto por las jerarquías impuestas y aquel miedo asfixiante sobre el que se erigían los imperios y las religiones? Esta idea no solo abraza el “adanismo”, sino que nos introduce de lleno en un “presentismo” injustificable, pero totalmente de acuerdo con la premisa de que ningún tiempo pasado fue mejor. Y así, crece la sociedad del individuo autónomo que encuentra en sí todas las perfecciones y no necesita de nadie. Así pues, la máxima délfica nosce te ipsum queda invertida. Si Edipo desconocía sus límites y la mancha de su familia, parece que nosotros desconocemos todo lo bueno que tenemos. Lo cierto es que solo desde la aceptación de estas limitaciones puede el hombre llegar a conocer la bondad que en él habita.
Terminada la conferencia, nuestro compañero discute con sus egregios compañeros ateneístas. El pontevedrés Said Armesto, ilustre filólogo estudioso de las cantigas populares gallegas, y el pobrense García Martí, infinita pluma bergsoniana, se funden en el humo de un salón de copas señorial. “Un café irlandés, por favor”, le pidió Armesto al camarero. Y se fueron dejando llevar por la conversación. Los carlistas, los reaccionarios, los republicanos, los anarquistas, todos daban vueltas alrededor de las tertulias madrileñas. Sin embargo, ellos no se desvivían por las contras políticas de los movimientos; sino que se detenían a comentar las lecturas y las publicaciones de los académicos:
—La ilustre Pardo Bazán estuvo con nosotros el otro día en el Prado —dijo Armesto.
—Anda como una loca detrás de las Pinturas Negras —dijo nuestro compañero.
—¿Y tú cómo sabes eso, Otero? —le preguntó García Martí.
—Ya ves, en la biblioteca del Ateneo también se aprende algo del mundo. Me lo dijo Joaquim Freire, que va mucho a sus tertulias.
—¡Dile que te invite! ¡Recita muy bien a Rosalía! —García Martí rompió en carcajadas.
—Tonterías las justas. Cosas de aldeano. Sabéis, el otro día fui al Centro Gallego. Estoy disgustado, está “demodé”. Y yo estoy harto de tanto regionalista de pacotilla —le dijo Otero—. ¡Que una institución de este calado esté presidida por un chocolatero...! Nada señores, política local madrileña, que es la más provincialista de todas.
—Cambiando de tema, ¿te sigues escribiendo con Cao? —le preguntó Armesto—. Me dijeron que anda trabajando en la figura de Sigfrido.
Pero Otero ya no pensaba en Sigfrido, ni en los conciertos de Arbós donde había conocido a Durán Cao. Y por momentos fue dejando las cavilaciones ateneístas y los debates petulantes sobre Unamuno o Maeterlinck. Así, sin alejarse de aquella primera pepitoria intelectual y cosmopolita, fue atacado por el desvelamiento de la nostalgia:
Brillaron como en un preludio demasiado de donde hubiera deseado transportarlos a los nuevos caminos alegres de alboradas, cargados de deberes. ¿Por qué no nacieron en ellos? Las mismas voces nos llaman desde la orilla del Leteo (Trad. Otero Pedrayo, Ramón: 2015).

Cabe tomar conciencia de la realidad que vivimos. Si hoy parece que los jóvenes duermen o que los intelectuales son meros adornos, yo me pregunto en qué consiste realmente el bosque inquietante oteriano. El aventurero que se atreve a cruzarlo, sintiendo la llamada del Leteo, es aquel que se atreve a conocerse a sí mismo. ¿Nos falta quizás la capacidad de hacernos individualmente esas preguntas incómodas que nos hacen sentir perdidos e ignorantes, pero que son las que nos hacen descubrir quiénes realmente somos? No lo creo. Por el contrario, debemos interrogarnos sobre la existencia de espacios sociales donde hacerlo. Si hay amistades lo suficientemente fuertes como para compartir esa aventura. Individual, sí, pero tremendamente social. En efecto, esa peripecia solo se observa desde la mirada totalizante de un dinamismo interno que surge en relación con el mundo y con los demás. Quizás ese marco totalizante fuese Galicia para Otero, esa Galicia que, como a Adrián Solovio, lo hacía mundial y planetario. Quizás hoy debamos preguntarnos si ese marco sigue vivo y si sigue definiendo nuestra relación con el mundo y con nosotros mismos. Quizás, muchos quizás y para siempre: quizás.
Referencias:
Otero Pedrayo, Ramón
2015: Lembranzas do meu vivir II, «Os tempos da universidade». Vigo: Ed. Galaxia, Biblioteca Otero Pedrayo nº 10, 1ª Edición. ISBN: 978-84-9875-621-3. Pág. 221.
2016: Parladoiro, «O estudante chapón». Vigo: Ed. Galaxia, Biblioteca Otero Pedrayo nº 10, 1ª Edición. ISBN: 978-84-9875-719-7. Pág. 45.
Sobre el autor
Anxo Pérez Prego es un contribuyente de Cerna.
Estudiante de Lengua y Literatura Españolas en la Universidad de Navarra. Su obra ha sido reconocida en certámenes literarios gallegos, como el Premio de Poesía «Cambados Mar de Letras» y el «Certamen Literario de Ames», y en 2025 fue distinguido como mejor orador de la categoría de Bachillerato en la fase final de Parlamento Xove. Su escritura se centra en el problema de la identidad, con especial atención a la tradición como forma de resistencia. Aborda el proceso de secularización de Europa y dialoga con la tradición galleguista y con el pensamiento europeo.
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