Me apostaría cualquier cosa a que alguna vez has dicho la frase: “eso no tiene sentido”.
Sale sola: en una discusión con amigos, al ver una noticia, escuchando a alguien hablar de política o incluso en familia. Alguien dice algo que no nos cuadra y la respuesta aparece antes casi de que termine la frase: “no, eso no tiene sentido”.
Y a veces, claro, no lo tiene. Hay argumentos malos, datos falsos y opiniones que se caen tan solo con mirarlas. El problema es que otras veces “no tiene sentido” significa realmente “yo nunca lo había pensado así”.
Ahí es donde debatir se vuelve interesante. Debatir no es aprender a hablar bonito, ni es soltar datos de memoria ni ganar una discusión dejando al otro sin respuesta. Todo eso puede darse, pero para mí lo importante ocurre antes: te obliga a desconfiar un poco de tu primera reacción, que es algo que suele pasar desapercibido.
Nuestro cerebro va rápido, y así debe hacerlo. Si tuviéramos que analizar desde cero cada cosa que vemos, no duraríamos ni media hora. Así que tiramos de atajos: damos por buenas cosas que ya encajan con lo que creemos, buscamos explicaciones rápidas, prestamos más atención a lo que nos da la razón y, muchas veces, descartamos lo que nos incomoda.
No hace falta ser tonto para caer en eso. Es más, ser inteligente no te salva. A veces incluso empeora el problema, porque si eres bueno argumentando también puedes ser muy bueno inventando razones para defender una idea que decidiste creer antes de pensarla de verdad.
Ahí el debate tiene una ventaja evidente: te obliga a sacar la idea de tu cabeza. Mientras una opinión está dentro, puede vivir bastante tranquila:
-“Esto es injusto”.
-Vale. ¿Por qué?
-“Porque sí, porque se nota”.
Perfecto, hasta que alguien te pide que expliques qué entiendes por justicia, qué criterio estás usando o por qué tu ejemplo es válido en general.
Ahí empiezas a ver problemas, pero eso es bueno, porque de repente descubres que una idea que en tu cabeza parecía fortísima tenía agujeros; o que estabas usando una palabra sin saber muy bien qué querías decir con ella; o que tu argumento dependía de algo que dabas por supuesto y que el resto no tiene por qué aceptar.
Eso es aprender a pensar. No porque un profesor te diga cuál es la respuesta correcta, sino porque empiezas a ver cómo funciona tu propio razonamiento, y el proceso se vuelve consciente.
También aprendes algo bastante útil: que alguien te lleve la contraria no significa que te esté atacando. Especialmente en la juventud, una discusión podemos tomárnosla demasiado personal: si me desmontan el argumento, he perdido; si cambio de opinión, quedo mal; y si reconozco un punto del otro, me estoy rindiendo. No puede ser así.
Una de las mejores cosas que puede pasar en un debate es una concesión; decir: “vale, en eso tienes razón”. No te vuelves más débil. De hecho, es más bien al revés, significa que estás escuchando de verdad y que no estás protegiendo tu postura a cualquier precio.
Pero hay otro ejercicio quizás más revelador: defender una posición que no compartes. La primera reacción suele ser bastante mala. “¿Por qué voy a defender algo con lo que no estoy de acuerdo?”. Pues precisamente por eso. Cuando tienes que hacerlo, ya no vale describir al otro como un idiota o alguien que “no entiende nada”. Tienes que buscar qué motivos puede tener una persona razonable para pensar así. Y aunque hay ideas falsas y argumentos pésimos, si vas a rechazar algo, al menos deberías saber qué estás rechazando.
Muchas discusiones actuales no fallan porque la gente no sepa hablar, fallan porque nadie está respondiendo realmente a nadie. Cada uno discute contra una versión simplificada del otro, la versión más fácil de derrotar. Es más cómodo, pero sirve de poco.
Últimamente el debate se ha convertido en un espectáculo. Hablar rápido, tener seguridad, soltar una frase brillante o dejar al rival callado impresiona, pero no demuestra que hayas pensado mejor. A veces solo demuestra que eres más hábil en escena.
Un buen debate debería premiar otras cosas: que sepas escuchar, que seas coherente, que no mezcles lo que sabes con lo que supones, que no cambies las reglas a mitad de camino y que seas capaz de admitir cuando una objeción es acertada. Esto último es importante pues si nunca permites que nada cambie tu postura, entonces no estás razonando, estás defendiendo una bandera.
Hoy día vivimos rodeados de mensajes que quieren que reaccionemos antes de pensar: un titular que nos enfada, un vídeo de veinte segundos, una captura sin contexto o alguien que dice algo con muchísima seguridad y parece que, solo por eso, debe saber de qué habla. Si no tienes el hábito de detenerte a pensar, preguntar, buscar qué falta y escuchar la respuesta del otro, es muy fácil que acabes pensando al ritmo que otros marcan por ti.
Por eso es fundamental aprender a debatir pronto. No para fabricar pequeños oradores ni para que todo el mundo quiera discutir por cualquier cosa. Simplemente para no cerrar una pregunta demasiado rápido.
La próxima vez que escuches algo y pienses “eso no tiene sentido”, quizá de verdad no lo tenga. Pero podría ser que sí. Es probable que todavía no hayas entendido por qué esa persona lo piensa. Y, aunque al final sigas creyendo exactamente lo mismo que al principio, haber hecho el esfuerzo de entenderlo te habrá hecho pensar mejor.
Sobre el autor
Hector González es un contribuyente de Cerna.
Estudiante de Física en la Universidad de Santiago de Compostela y de Matemáticas en la UNED, ganador del Parlamento Xove 2026 en la categoría universitaria junto a Diego Araújo Rodríguez. Sus artículos nacen de la curiosidad científica y del interés por comprender el mundo a través de modelos científicos, especialmente matemáticos, así como por transmitir estas ideas de un modo claro, riguroso y accesible. Busca acercar conceptos útiles y aplicables, sin renunciar a la reflexión, con interés también por ámbitos como la psicología y la comunicación.
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