«[...] vimos a los que habían sido nuestros ídolos, los hombres-cumbre de Francia, de Inglaterra y de Alemania, escudarse en un patriotismo de feria, vimos cómo caían cátedras, palacios y castillos, y vimos cómo en el fondo de las trincheras quedaban ahogados los sueños de internacionalismo y de paz... » (López Cuevillas, Florentino: 1920).

Hay generaciones que, por la naturaleza de los tiempos que les toca vivir, parecen estar llamadas a ser el inicio de algo nuevo. Ahora bien, todas las épocas son un fin y, al mismo tiempo, un comienzo. No hay cosas viejas ni cosas nuevas, solo grupos dispuestos a reelaborar la sociedad y sus manifestaciones. Son aquellos capaces de hacer nuevas las cosas viejas y dar su juventud a una sociedad que les dio lengua, cultura e historia... Cabe preguntarse por las circunstancias, comportamientos y preocupaciones que explican el fenómeno de la generación, concepto cada día más empleado en multitud de estudios culturales y literarios.
La idea del fin forma parte intrínseca de la mente humana. Nosotros podemos observar este hecho que acompaña a las generaciones produciendo una conciencia compartida que constituye su vínculo principal. La finitud es una de las características principales de la experiencia del tiempo. Todo nace y muere, surge y desaparece. El hombre es consciente de ello y, aun así, parece que hay elementos de la realidad que nunca desaparecerán del todo. Nos damos cuenta de que cambiamos, pero hay algo en nosotros que permanece. Vivimos ya desde la conciencia de la eternidad y podemos imaginarla gracias a la conciencia de la finitud. Por eso debemos examinar esta conciencia no como experiencia particular, sino como rasgo antropológico universal: no es un afán de particularismo lo que produce esta conciencia, sino la búsqueda de elementos universales y totalizadores.
Podemos sentir que hay cosas que perecen. Sin embargo, esta mudanza pasa inadvertida. El eje antropológico del que hablamos determina y modula las actitudes del hombre ante ese cambio. Por tanto, es una de las notas primeras de Cerna Pensamento. Y vemos que, frente al cambio, queremos permanecer. Vivir es ante todo sobrevivir, un ejercicio de resistencia; no frente a la realidad, sino en ella y desde ella. Con todo, la conciencia de ser fin genera en los hombres distintas actitudes que podemos intentar explicar y categorizar:
La primera categoría está atada al pasado y, por tanto, es propia de hombres que nunca se han de echar a andar. Además, como estos individuos dominados por el miedo prefieren quedarse parados observando el cambio frente a ellos, necesitan un falso enemigo al que culpar de los cambios. El individuo dominado por el miedo necesita enemigos y, como se ha atado a las cosas, no puede percibir el sentido de ellas: el bien, la verdad y la belleza que en ellas habita.
Luego observamos que hay personas que, al no llegar al fundamento de las cosas, no perciben la existencia de un sentido en ellas y, en lugar de aferrarse a las cosas, se aferran a la propia mudanza. Toda novedad será mejor que lo que ya estaba. Esta actitud está abierta al cambio, mas de manera acrítica. Este es el prisma que predomina en nuestros tiempos: la servidumbre de la novedad. Y como este modelo surge de la acomodación a lo existente, también se caracteriza por su pasividad. El culto a toda novedad es una rendición ante el problema de la búsqueda de la verdad y de la justicia. En definitiva, supone la renuncia a la lucha por la permanencia de la verdad.
La tercera categoría camina libre. Sabe a dónde va y no olvida de dónde viene. No obstante, no vive atada a certezas concretas, sino movida por la esperanza. Por tanto, en su movimiento percibe que las cosas cambian y es capaz de aceptar el cambio y trascenderlo, incluyéndolo en su vida. En este individuo, el pasado no es una carga; por el contrario, es origen de sentido e identidad.
Ahora bien, estos comportamientos se dan en un proceso dinámico que no se puede fijar, definir o poseer, y parten de un denominador común: un esquema identitario. Sin embargo, el tercero parte de una noción antropológica de máxima apertura: la identidad no como muro, sino como camino andado y por andar. Por eso, ya la Xeración Nós puso un especial énfasis en la recuperación de la cultura gallega: no porque buscasen una identidad cerrada y definida con la que justificar un ideario político; sino, por el contrario, porque necesitaban entender de dónde venían para saber hacia dónde se dirigían.
Hablamos de una experiencia universal y sabemos que es profundamente metafísica: universal sí, pero no porque todos los hombres tengan conscientemente esta conciencia, sino porque implícita o explícitamente viven en referencia a la contradicción existencial señalada y objetivada en ella. Ahora bien, esta contradicción se hace más palpable en unos momentos de la historia que en otros, del mismo modo que no se da por igual en todos los individuos. Así, del mismo modo parece explicar la pluralidad de fenómenos intelectuales, especialmente desde el siglo XIX. La referencia al Grupo Nós se hace necesaria al entender que su movimiento surge como respuesta al fin de una etapa en la que los sueños de la paz y del internacionalismo se desvanecían. Era menester encontrar nuevos puntos donde articular el diálogo. Pero ellos fueron mucho más allá. Ellos objetivaron la conciencia de finitud de la cultura gallega y se dieron cuenta de que debía ser motor de eternidad, alcanzando los propósitos que toda cultura debía alcanzar.
Pues bien, si tras la I Guerra Mundial Europa dejó de creer en sí misma y se instaló en un autorrelato decadentista, hoy parece que las cosas parecen repetirse. Si ya ellos hablaron de la muerte de Galicia, como Spengler de la decadencia de Occidente, hoy parece que estamos viviendo el fin de una era. En realidad, la crisis más profunda es la del sentido. La derrota de Occidente consiste en un relato roto, terminado, sin continuidad de sentido en el horizonte. La crisis de Europa se nos presenta como una crisis de la identidad, cuyos primeros síntomas se pueden rastrear desde los albores de la Ilustración e incluso desde la Reforma Luterana. La ruptura del relato compartido lleva consigo la construcción de nuevos modelos identitarios sostenidos en diversos aspectos culturales: la clase, la nación, el Estado, el género, la ideología... Sin embargo, ninguno de ellos es capaz de mantener el equilibrio y la concordia.
SI A NOSOTROS NOS DIERON EL PASADO, NOSOTROS HAREMOS EL PORVENIR
Parece que todo quedó dicho, que poco más se puede añadir al pensamiento occidental. Quizás esta actitud hable justamente del relato que ya no se sostiene. De este modo, nuestra tradición representaría un pasado muerto, litúrgico, enterrado... En definitiva, que habría perdido la capacidad de decirnos algo de lo que somos. Esta percepción explica el punto de partida de las tres actitudes anteriores. ¿Pero cuál define nuestro proyecto? ¿Cuál explica mejor nuestro punto de partida?
Luchamos por la permanencia del diálogo histórico del pensamiento europeo, sabiendo que su prolongación exige continuadores, productores de cultura, arte, literatura y filosofía. Mas también de hombres que se dignen a contemplar activamente su tiempo y hacer una radiografía del tiempo que les toca vivir. Solo desde esta radical aceptación podemos trascender el presente para hacer el porvenir. El pensamiento y la tradición occidentales son dos focos de luz, ya que componen ejemplos claros de la búsqueda del sentido a lo largo de la historia. Así, se abre desde ellos un diálogo histórico que constituye en sí mismo un ejercicio de búsqueda y preservación de la conciencia del sentido.
No hablamos de prolongar la incontable ristra de fuentes de información que sacude nuestras mentes. Ni de una temprana fuerza de imantarse en la recua del academicismo. Por el contrario, buscamos hacer relación desde la cultura en un sentido vital, que radica en ese instante existencial donde el saber se hace sabiduría. No es cuestión de obtener un montón de matrículas de honor. Tampoco de acumulación de títulos académicos que solo alimentan la mercantilización de la universidad y la imposición de una especialización que va apartando todas las disciplinas. Nosotros somos salteadores del saber que vamos robando en los documentos especializados sin buscar especializarnos: amantes locos para nada dispuestos a la monogamia académica ni al constante proceso de atomización de las distintas materias.
EL PUNTO DE PARTIDA
La vida hizo de nosotros universitarios; solo nosotros nos transformaremos en lo que debemos ser. He aquí uno de los principales pilares de nuestra actitud: tender redes para llevar a cabo juntos el proyecto de ser nosotros mismos. Como decía el proverbio árabe: Quien va solo llega antes, pero quien va acompañado llega más lejos.
En este caminar, no se trata de ser reconocidos ni aplaudidos; sino de ser fieles a lo que somos, sin renunciar a lo que podemos llegar a ser. Desde esta aceptación procuramos entender aquellas palabras de Ortega: [P]odemos perfectamente desertar de nuestro destino más auténtico; pero es para caer en los pisos inferiores de nuestro destino (Ortega y Gasset, José: 2019).

Este propósito no requiere de grandes méritos ni loas, sino del conocimiento de la propia persona y de su llamado en el mundo que le toca vivir. Siempre quedará una gota del Leteo bañando nuestras frágiles manos. Siempre quedará un vaho de apariencia envolviendo las aguas de la verdad: puede que nunca lleguemos a nuestro destino, mas cabe la posibilidad de que esté debajo de las aguas de este mar y solo tengamos que sumergirnos en él, aunque parezca que nos vamos a ahogar.
Bibliografía:
López Cuevillas, Florentino (1920): «Dos nosos tempos», Revista Nós, nº 1. Pág. 12. Enlace online: Año I Número 1 - 30 Octubre 1920 - Revista Nós.
Ortega y Gasset, José (2019): La rebelión de las masas. Barcelona: Ed. Austral, Edición Conmemorativa. Pág. 153. ISBN:978-84-670-3178-2.
Sobre el autor
Anxo Pérez Prego es un contribuyente de Cerna.
Estudiante de Lengua y Literatura Españolas en la Universidad de Navarra. Su obra ha sido reconocida en certámenes literarios gallegos, como el Premio de Poesía «Cambados Mar de Letras» y el «Certamen Literario de Ames», y en 2025 fue distinguido como mejor orador de la categoría de Bachillerato en la fase final de Parlamento Xove. Su escritura se centra en el problema de la identidad, con especial atención a la tradición como forma de resistencia. Aborda el proceso de secularización de Europa y dialoga con la tradición galleguista y con el pensamiento europeo.
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