Año 1811. Nottinghamshire, Gran Bretaña. Los grupos de artesanos, armados con la rabia por su reciente desempleo, cargaron contra los telares de las fábricas textiles en plena noche. Fueron llamados luditas, en honor a la controvertida figura de Ned Ludd, el primer opositor de la nueva maquinaria (Thompson, 1963). No eran tontos. No eran fanáticos. Tenían razón en ver que los telares les habían dejado sin trabajo.
Lo que no vieron, ni podían ver, es que, a finales del siglo XIX, esa misma industria empleaba a cien veces más obreros que a comienzos de siglo. Algo parecido pasó con el algodón: entre 1760 y 1787, tras la aparición de las máquinas de hilar, el empleo del sector pasó de unas 7.900 personas a unas 320.000 (Baines, 1835).
La lógica del absurdo
Constituye uno de los errores económicos más corrientes la creencia de que las máquinas,
en definitiva, crean desempleo. Mil veces destruido, ha resurgido siempre de sus propias
cenizas con mayor fuerza y vigor.
Así empieza uno de mis capítulos favoritos de la obra de Hazlitt: La economía en una lección.
Concretamente, el capítulo 7 "El odio a la máquina". Hoy parece que, más que nunca, ha resurgido el sofisma, el miedo y la irracional carga contra la inteligencia artificial. Por ello, es de vital importancia entender cuál es la función de las máquinas y cómo han influido históricamente en el desarrollo económico.
Primero veamos dos cosas: la primera es que la tecnología no busca crear empleo, sino mejorar la productividad, esto es, poder conseguir más, con menos esfuerzo. Pero no solo para los empresarios, sino que cuando el coste de producir cada unidad cae, los precios también caen y por tanto, aumenta el sueldo de todos los trabajadores de la sociedad, pues pasan a poder comprar más con lo mismo. La segunda es lo que hemos decidido denominar "La lógica del absurdo": si fuera cierto que economizar esfuerzo causa miseria, habría que considerar trágico no solo todo invento futuro, sino la totalidad del progreso histórico de la humanidad.
Como vemos, la tesis de que la automatización y el progreso técnico provocan un desempleo permanente descansa sobre una visión absurda de la historia, porque si las máquinas generasen desempleo generalizado, estamos en el momento de la historia en la que mayor tecnología productiva existe, por lo que cabría deducir, que estaríamos ante un paro masivo y generalizado a nivel mundial, lo cual está lejos de ser la realidad.
El empleo en sí mismo tampoco es intrínsecamente bueno. El pleno empleo, de hecho, es la norma en las economías más pobres. Allí trabaja todo el mundo, incluidos niños y ancianos, de sol a sol. El progreso trae otra cosa: jornadas más cortas, infancias sin fábrica, jubilaciones. Es decir, más tiempo libre elegido, no paro forzoso.
Si se quiere ver todavía más este absurdo intuitivo, recomiendo un pensamiento que explica por qué emplear a más gente no implica una mejora en la calidad de vida de la población: ¿para qué llevar mercancías de Nueva York a Chicago en tren si se emplearía a muchos más hombres llevándolas a hombros? ¿Por qué comprar una excavadora, si podemos poner a miles de personas a excavar hoyos con las manos?
La historia reciente
A principios del siglo XX, todavía existía el ejemplo de cochero, un hombre que conducía un carruaje tirado por caballos. Desde la creación del primer automóvil en 1886 y el lanzamiento del Ford Modelo T en 1908, que supuso el inicio de la producción en masa de estos vehículos, el gremio de los cocheros se veía amenazado por el automóvil. Como es lógico, los conductores, herreros y mozos de cuadra que se encargaban de los caballos perdieron masivamente sus empleos.
Empero, la producción de automóviles superó a la de carruajes. Para 1929, se vendían 4,5 millones de coches al año, frente a los 181.000 de 1910. Al mismo tiempo, surgió una gran cantidad de empleo: más de 330.000 personas trabajaban en tiendas de automóviles, 127.000 en gasolineras y otras 104.000 en talleres y garajes. La industria del automóvil representaba casi el 13% de toda la producción manufacturera y empleaba a uno de cada doce trabajadores (Federal Reserve Bank of Richmond, 2003).
¿Qué provoca la llegada de las máquinas?
Imaginemos, siguiendo el ejemplo de Hazlitt, a un fabricante de abrigos. Un día, compra una nueva máquina que sale al mercado, por lo que ahora es capaz de hacer el mismo trabajo con la mitad de los operarios. Lo primero que vemos nos indigna: tiene que despedir a media plantilla. Veamos ahora lo que no se ve a simple vista:
Alguien tuvo que fabricar la máquina, por lo que no solo se ha generado empleo para fabricarla, sino también para diseñarla, mantenerla, transportarla y todo aquel trabajo relacionado con producir dicha máquina.
El fabricante gana más, por lo que ese dinero puede ir a parar a tres sitios: a ampliar su negocio, lo cual genera más empleo, a invertirlo en otro sector de la economía, lo cual genera más empleo, o en consumo propio, lo cual estimula otros sectores. El dinero ahorrado en salarios no se evapora, solo cambia de manos, creando riqueza y productividad en el camino.
Llega la competencia: los rivales copian la máquina o pierden clientes, y como consecuencia del aumento de la productividad, los empresarios bajan precios para competir. Esto pasa a ser ahorro de los consumidores y aumenta la capacidad adquisitiva y su bienestar.
Con los abrigos más baratos ocurre una de dos. Si la gente los compra mucho, la industria va a necesitar más trabajadores, como pasó con los coches a principios del siglo XX. Y si no compra ni un abrigo más, cada cliente quedará con dinero extra que podrá dar trabajo a otro sector.
De este modo, podemos dilucidar cómo funcionan las máquinas: permiten aumentar la productividad tanto de los trabajadores como de las empresas, permitiendo generar más bienes y servicios, más bienestar y, en contra de lo que los tecnófobos creen, incluso más empleo.
¿Y esta vez?
Siempre que hay una crisis, aparece alguien que asegura que "esta vez es diferente". Lo dijeron los luditas en 1811, y la señora Eleanor Roosevelt (1945) escribía en un periódico sindical, el 19 de septiembre de 1945: «Hemos llegado ya a un extremo en que los mecanismos economizadores de trabajo sólo son deseables cuando no desplazan al obrero de su puesto». Hoy lo decimos con la inteligencia artificial.
Claro que la IA va a eliminar empleos, especialmente en sectores como la administración, la contabilidad básica o la gestión documental; todos ellos procesos automatizables. Sin embargo, debemos ver más allá de esto, porque, si no, nos perderemos la masiva creación de empleo en ciberseguridad, formación de IA, arquitectos de datos, encargados de la infraestructura, ética de IA o las mejoras en la productividad de los médicos, fisioterapeutas, educadores...
Un error común consiste en asumir que existe una cantidad fija de trabajo por hacer en el mundo (la falacia de la suma cero). Cada vez que la tecnología resuelve un problema de forma eficiente, libera tiempo y capital humano para satisfacer necesidades que antes ni siquiera podíamos plantearnos atender. Recordemos, pues, que la meta de la economía no es mantener a la población ocupada. La meta de la economía es maximizar la capacidad de la sociedad de cubrir sus necesidades con el menor esfuerzo posible.
Proponemos, así, abandonar el fatalismo que se cierne sobre la IA y recordar que esta, como todas las tecnologías productivas, traerá consigo mayor libertad, prosperidad y tiempo libre. Pero para eso, tenemos que hacer algo complicado: dejar de ver el efecto inmediato y empezar a observar el largo plazo.
Bibliografía
Baines, E. (1835). History of the cotton manufacture in Great Britain. H. Fisher, R. Fisher, and P. Jackson.
Federal Reserve Bank of Richmond. (2003, invierno). Wheels of change: The automotive industry's sweeping effects on the Fifth District. Econ Focus. https://www.richmondfed.org/publications/research/econ_focus/2003/winter/economic_history
Hazlitt, H. (2011). La economía en una lección (11.ª ed.). Unión Editorial. (Obra original publicada en 1946).
Roosevelt, E. (1945, 19 de septiembre). My Day. United Feature Syndicate.
Thompson, E. P. (1963). The making of the English working class. Victor Gollancz Ltd.
Sobre el autor
Diego Araujo es un contribuyente de Cerna.
Estudiante de Economía en la USC, Premio Extraordinario de Bachillerato 2025 y ganador del Parlamento Xove 2026 (categoría universidad) junto a Héctor González Prego, reconocido además como Mejor Orador de la edición. Sus columnas nacen de una inquietud por entender el mundo desde la filosofía política, la economía, las ciencias políticas y el derecho, con un interés especial en el estudio de la libertad, además de artículos más técnicos centrados en el análisis político-filosófico, la economía austríaca y los fundamentos macro y microeconómicos.
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